Después de analizar el caso de LogixMarket, la primera reflexión que surge es si la empresa había definido Indicadores Clave de Desempeño desde el inicio de su operación. Por la forma en que se presenta el caso, todo indica que no fue así, o al menos no de manera estructurada. El hecho de que la implementación de un sistema de evaluación estratégica ocurra después de la caída en ventas sugiere una reacción tardía, más que una gestión preventiva del desempeño.
Este punto resulta especialmente relevante en el contexto mexicano, donde diversas fuentes señalan que cerca del 80% de las empresas dejan de operar antes de cumplir dos años. En muchos casos, esta alta tasa de mortalidad está directamente relacionada con la falta de planeación estratégica, de objetivos claros y de mecanismos formales de seguimiento. Desde mi perspectiva, cualquier emprendimiento que no define desde el inicio cómo medirá su desempeño nace con debilidades estructurales importantes.
En el caso de LogixMarket, una vez que se definieron KPIs relevantes y se incorporaron a un sistema como el Balanced Scorecard, fue relativamente claro identificar las áreas críticas que explicaban la caída en ventas, particularmente la disminución en la tasa de conversión y en la satisfacción postventa. Contar con objetivos claros, medibles y alineados a la estrategia (SMART), integrados a una herramienta de monitoreo constante, permitió entender con mayor precisión qué estaba ocurriendo y por qué.
Las empresas que no evalúan su desempeño de manera sistemática, o que ni siquiera tienen definidos parámetros estratégicos clave para entender cómo generan rentabilidad, enfrentan un riesgo elevado de desaparecer. En entornos digitales, donde los cambios son rápidos y la competencia es intensa, la falta de visibilidad sobre el desempeño equivale a tomar decisiones a ciegas.
Dicho lo anterior, considero que es importante reconocer que la definición y el seguimiento de KPIs, por sí solos, no garantizan la permanencia ni el éxito. Su verdadero valor radica en la capacidad de interpretar la información, entender el entorno, reconocer fortalezas y áreas de oportunidad, y, sobre todo, contar con la flexibilidad estratégica necesaria para ajustar el rumbo cuando los datos así lo indiquen. Ahí es donde la evaluación en tiempo real se convierte en una ventaja competitiva y no solo en un ejercicio de control.