Desde la perspectiva ontológica del lenguaje, entiendo que la narración no es solo una forma de contar hechos, sino una condición estructural de nuestra existencia. Tal como plantea Sola-Morales, las personas, los colectivos y las instituciones damos significado a la realidad a través de narraciones. Es decir, no accedemos a la realidad “en bruto”, sino mediada por historias que organizan el tiempo, los acontecimientos y los personajes.
Las narraciones mediáticas moldean la forma en que comprendemos temas sociales, culturales o identitarios porque estructuran los hechos como relatos con inicio, conflicto y desenlace. Al hacerlo, seleccionan qué merece ser contado y cómo contarlo. Así, construyen marcos de comprensión e imaginarios sociales compartidos. Cuando los medios narran, por ejemplo, la migración como “crisis” o “amenaza”, no solo informan: configuran una identidad del migrante y una percepción social que puede reforzar el miedo o la exclusión. Desde esta mirada, el discurso no describe la realidad, sino que la produce simbólicamente.
Desde la ontología del lenguaje, que ciertos discursos mediáticos se vuelvan predominantes en el espacio público implica que determinadas formas de significar el mundo se naturalizan. Si todo fenómeno social es producción de sentido, entonces el discurso dominante delimita lo pensable, lo decible y lo legítimo. Esto tiene implicaciones profundas: influye en cómo nos relacionamos, en qué consideramos verdadero y en las decisiones colectivas que tomamos. Un discurso repetido y espectacularizado puede convertirse en “sentido común”, aunque sea una construcción parcial.
Un ejemplo actual que observo es la narrativa en redes sociales sobre el “éxito” personal vinculada al emprendimiento. Muchos contenidos en Instagram o TikTok cuentan historias de superación individual, donde el protagonista vence obstáculos gracias a su esfuerzo. Esta narrativa es de tipo meritocrático y emocional, centrada en el héroe individual. Su efecto puede ser ambivalente: por un lado, inspira; pero por otro, invisibiliza las condiciones estructurales y puede generar culpa o frustración en quienes no alcanzan ese ideal.
En lo personal, reconozco que estos relatos influyen en cómo interpreto la realidad y en cómo me interpreto a mí misma. Si la narratividad es una condición ontológica, entonces vivimos narrando y siendo narrados. Por eso considero fundamental desarrollar una actitud crítica frente a los discursos mediáticos, entendiendo que no solo informan, sino que configuran nuestro modo de ser en el mundo y nuestras posibilidades de desarrollo humano.