A partir de lo planteado por Salomé Sola-Morales, las narraciones mediáticas contribuyen de manera decisiva a moldear nuestra comprensión de los temas sociales, culturales e identitarios porque no solo informan sobre la realidad, sino que la organizan narrativamente y le otorgan sentido. Las narraciones funcionan como marcos interpretativos que seleccionan hechos, jerarquizan actores y configuran temporalidades, influyendo así en cómo percibimos problemas colectivos.
Un ejemplo actual puede observarse en la cobertura mediática y en redes sociales sobre la migración. En muchas noticias y campañas digitales se emplea una narrativa de conflicto o de amenaza, donde el migrante aparece como un “problema” social. Este tipo de narrativa mediática, estructurada en términos de causa–consecuencia y oposición “nosotros/ellos”, puede generar efectos como el refuerzo de estereotipos, el miedo y la legitimación de posturas excluyentes. En contraste, otras campañas optan por una narrativa humanitaria o testimonial, centrada en historias de vida, que busca empatía y reconocimiento del otro, mostrando cómo la elección narrativa transforma la comprensión del mismo fenómeno.
Desde la ontología del lenguaje, que entiende la narración como una condición estructural de la existencia humana, el predominio de ciertos discursos mediáticos en el espacio público tiene profundas implicaciones. Si, como sostiene Sola-Morales, la realidad se significa narrativamente, los discursos dominantes no solo describen el mundo, sino que lo construyen simbólicamente.Cuando una narrativa se impone, delimita lo pensable y lo decible, influye en las relaciones sociales y orienta la toma de decisiones colectivas, por ejemplo en políticas públicas o actitudes ciudadanas. Así, los medios, al consolidar determinadas narrativas, participan activamente en la configuración de imaginarios sociales, identidades y formas de convivencia, mostrando que el poder del lenguaje es también un poder ontológico sobre la realidad compartida.