a. ¿Cómo contribuyen las narraciones mediáticas a moldear la forma en que comprendemos temas sociales, culturales o identitarios?
Las narraciones mediáticas no se limitan a describir acontecimientos; configuran marcos interpretativos que moldean la manera en que comprendemos la realidad social, cultural e identitaria. Como señala Sola-Morales, el ser humano necesita de la narración para dar coherencia y sentido a su existencia; las historias no son accesorios de la experiencia, sino su estructura organizadora. Desde esta perspectiva, el discurso no es un mero vehículo neutral de información, sino un acto configurador que asigna posiciones, distribuye roles y orienta emocionalmente a las audiencias.
Un ejemplo reciente que ilustra esta dinámica es la captura y traslado a Estados Unidos de Nicolás Maduro. El mismo acontecimiento fue narrado bajo marcos profundamente distintos. Por un lado, emergió una narrativa de justicia histórica, celebrada por quienes interpretaron el hecho como la caída de un dictador largamente cuestionado. Por otro lado, apareció una narrativa de intervención imperialista, que presentó el evento como una vulneración de la soberanía venezolana. Finalmente, también se activó una narrativa geopolítica centrada en el riesgo de escalamiento internacional.
Siguiendo la reflexión de Sola-Morales, cada una de estas narrativas no solo organiza los hechos, sino que estructura la experiencia de quienes los reciben, definiendo héroes, villanos y víctimas, y produciendo una determinada comprensión moral del acontecimiento. El mismo hecho adquiere sentidos divergentes según el marco que lo contenga.
Desde mi perspectiva, la acción estadounidense parece responder más a una estrategia vinculada con acusaciones de narcotráfico y su categorización como terrorismo bajo la legislación norteamericana que a una intención directa de “liberación” del pueblo venezolano, especialmente si se considera que la estructura de poder interna no desaparece automáticamente con la captura de un líder. Sin embargo, incluso esta interpretación forma parte de un marco narrativo. La historia inmediata, atravesada por intereses y emociones, requiere tiempo para decantarse en relatos más distanciados y analíticos. Las narrativas mediáticas, en cambio, operan en la inmediatez y moldean la experiencia colectiva antes de que el análisis histórico pueda asentarse.
b. ¿Qué implicaciones tiene, desde la ontología del lenguaje, que ciertos discursos mediáticos se conviertan en los predominantes en el espacio público?
Si, como plantea Sola-Morales, somos “animales narrativos” que buscamos coherencia simbólica frente a la incertidumbre, entonces los discursos predominantes no solo describen la realidad: la estructuran. Desde la ontología del lenguaje, el discurso genera horizontes de sentido, define categorías morales y establece qué puede considerarse legítimo o impensable dentro del espacio público.
El movimiento Me Too constituye un ejemplo claro de transformación discursiva. Durante décadas, el abuso contra mujeres estuvo rodeado de silencio estructural y desconfianza. La posibilidad de nombrar públicamente la experiencia de abuso se convirtió en un acto performativo que reconfiguró la realidad social: al decir “yo también”, miles de mujeres produjeron una nueva comprensión colectiva del problema. En términos ontológicos, el acto de denuncia no solo describió una experiencia previa, sino que generó un nuevo marco de inteligibilidad para entender la violencia estructural.
Sin embargo, cuando un discurso alcanza un carácter predominante y moralmente incuestionable, surgen tensiones que también merecen análisis. Si el lenguaje genera realidad, entonces la acusación pública en el espacio mediático puede producir efectos reputacionales inmediatos antes de que intervengan los procesos jurídicos formales. La tensión no se sitúa entre creer o no creer a las víctimas, sino entre la legítima visibilización del abuso y la necesidad de preservar garantías procesales que sostienen el estado de derecho.
El reciente caso de la patinadora y excampeona olímpica, la francesa Gabriella Papadakis y su libro Pour ne pas disparaître (Para no desaparecer) ilustra esta complejidad. En el texto se describe la disonancia entre la imagen pública idealizada de la pareja deportiva y las dinámicas internas marcadas por jerarquías y presiones.
Al romper la narrativa mediática previa, la denuncia reconfigura simbólicamente el pasado y redefine identidades. Sin embargo, también activa un espacio de juicio público en el que las consecuencias pueden ser inmediatas y difíciles de revertir. Por un lado, Papadakis está enfrentando momentos difíciles al haber sido despedida de la cadena NBC por escribir el libro; y por otro, su expareja deportiva Guillaume Cizeron está siendo el blanco de fuertes críticas y ataques por lo denunciado por Papadakis.
Como advierte Sola-Morales, preferimos relatos que nos otorguen seguridad frente a la incertidumbre. Cuando un discurso se consolida como predominante, ofrece precisamente esa seguridad narrativa, pero puede también cerrar la posibilidad de matices. En ese punto, la responsabilidad ética consiste en sostener la potencia transformadora del lenguaje sin convertirlo en un mecanismo de clausura del diálogo.