Hay una línea muy fina entre ser un líder cercano al equipo y convertirse en "uno más de la fiesta".
En mis años de experiencia liderando equipos, he aprendido que el respeto no se gana siendo el más divertido del viernes social, sino siendo el más coherente el lunes por la mañana.
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El peligro: Cuando cruzas esa línea, el feedback se vuelve personal y la rendición de cuentas (accountability) se debilita.
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La solución: Empatía radical con límites claros. Se trata de estar disponible para las personas, sin comprometer las metas del proyecto.
¿Se puede ser un jefe "buena onda" y mantener la disciplina operativa? Yo creo que sí, pero requiere más madurez que carisma.
¿Qué opinan ustedes? ¿Han tenido jefes que se pasaron de "cool"?